Septiembre 2010

Las últimas cifras sobre la violencia de género en España resultan preocupantes, no solo porque haya aumentado en 2010, sino también porque marcan unos indicadores de atraso cultural y de mentalidad a la hora de entenderla, en una proporción de población aún considerable. El hecho de que en estos estudios un 40% culpe a la mujer por no irse casa, de que un 87% asuman que la violencia está muy extendida, un 7,2% que es inevitable, que cuatro de cada diez españoles culpen a la maltratada por seguir en esa situación, son datos preocupantes que indican que una parte considerable de la sociedad no ha terminado de asumir esto como un problema inaceptable frente al que no hay que tener tolerancia alguna, y hay que apoyar las víctimas y dejar ya de justificar al maltratador. Contrariamente, la víctima solo puede apoyarse en el sistema legal a fin de buscar su protección, una protección que se ha convertido en una conquista del proceso penal moderno.

Lo más grave que se extrae del último estudio es observar como se recuperan viejas prácticas justificando el comportamiento del agresor, escudándose en variables ajenas a la pura decisión de maltratar. Y lo que es peor, quedan casos en que aún a estas alturas de la historia este tipo de argumentos son utilizados incluso por las mismas mujeres con vínculos de parentesco con el agresor, que lejos de ayudar a la víctima, y a su vez al mismo agresor a reconocer y poner en tratamiento su problema, no hacen más que perpetuarlo y en cierta manera legitimarlo.

Un 60% del estudio realizado justifica al agresor porque tiene problemas psicológicos, mientras que un 74,6% porque es su naturaleza, y un 66,8% porque fue víctima o testigo de agresiones en su infancia. Sin olvidar que un 55,1% sigue culpando al alcohol, y que aún queda un 5,9% que ve justificada la violencia cuando media un problema. Mientras que por otro lado no se plantearían que el maltratador debe reconocer esa violencia y tratar su problema con un especialista.

Es como si aún una parte de la sociedad no se hubiera desprendido de los valores que imperaban hace treinta años, incluso al margen de su nivel educativo y cultural, retomando la culpabilidad de la mujer por “provocar” la violencia en el hombre. Este comportamiento es casi como darle una palmadita en la espalda al maltratador y legitimarlo, lejos de neutralizarlo a fin de que reconozca su problema y lo ponga en tratamiento con un especialista para así poder avanzar hacia las prácticas preventivas. Este comportamiento lejos de cauterizarlo contribuye a tolerar la violencia de alguna manera, y lejos de ayudar a la víctima la desprotege, haciendo también con ello un flaco favor al maltratador.

Solo una cuarta parte de las 400.000 españolas maltratadas se atreve a denunciar.
Todos los expertos coinciden en que no hay un perfil ni de la mujer maltratada ni del maltratador, pues es un fenómeno transversal que igual se da entre las familias desestructuradas que entre las clases sociales más altas, la clase media, y ahora se abre un aumento hacia edades mas jóvenes (un 16%) y entre los inmigrantes (entorno al 39%). La violencia no tiene clase social, ni edad, ni nivel cultural ni educativo, ni mucho menos perfil psicológico, sociológico ni económico, pues es un problema que opera al margen del nivel educativo y económico que se posea. Los factores son múltiples, complejos y difíciles de analizar, pero lo cierto es que aún persiste de forma extensa en la sociedad española, junto con una forma de justificación de la conducta violenta por parte del entorno familiar y social que debiera abochornarnos. Todavía hay familias que no llegan a entender la violencia hasta que se llegue a producir una agresión física, cuando cualquier psicólogo y hasta la comisión de los malos tratos tienen establecido como un daño y como malos tratos el insultar, vejar, humillar, amenazar, coaccionar, empujar, actos de control y de aislamiento social, gritar, en definitiva atemorizar de forma verbal (pues la violencia verbal también es una forma de agresión), más si se hace de forma continuada. Son niveles a los que no se debería de llegar por muchas diferencias que se tengan, y las lesiones psicológicas deberían de estar igual de consideradas que las físicas, pues el entendimiento del respeto debiera aplicarse también al trato personal y psicológico y no solo al físico.
Es un gran error intentar exculpar algo tan tremendo. Aún quedan en España entornos familiares y sociales que desgraciadamente toleran esto, por ello uno de los más grandes desafíos que se tienen por delante para desterrar la violencia y su tolerancia es que tanto estos mismos familiares como el entorno social estén bien concienciados y no se conviertan en unos excusadores más. La implicación de la familia y del entorno social se hace igual de importante que la protección del sistema legal en estos casos. Pese al avance en el sistema legal, por encima de todo lo que falta es asumir que pese a todo recibir insultos, vejaciones y amenazas, tratos psicológicos que atemorizan y humillan son igual de intolerables que cualquier agresión física, y que pese al avance legal en el tratamiento de este problema no avanzaremos del todo si el entorno familiar y social no despierta igualmente de ese largo letargo histórico en el que se hayan sumidos.

Ma Amparo Tortosa-Garrigós

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